Ramón Romero Boquete Ir a la puerta

Si sabes que eres un buen profesional y todavía sufres con la venta, esto te interesa.


A calzón quitado

Durante años quise demostrar que valía.

Esta es la historia de lo que pasó cuando dejé de hacerlo. Y de lo que hago hoy con ello.


I · La ruptura

Todo empezó con una ruptura.

M. se fue después de descubrir mi infidelidad con E. Yo me quedé llorando desconsoladamente.

Y aquel llanto, que entonces parecía hablar de una mujer que había perdido, terminó llevándome hasta un niño que llevaba muchos años buscando dos cosas bastante sencillas:

amor maduro y reconocimiento honesto.

Un amor que pudiera comprenderle sin juzgarle. Y un reconocimiento que le dijera: lo que eres tiene valor; no necesitas convertirte en otra persona para merecerlo.

Tardé bastante en descubrirlo. Y quizá tardé tanto porque durante muchos años estuve demasiado ocupado intentando demostrar que valía.


II · La parada

Dieciséis años después, la vida volvió a pararme.

Esta vez no fue una relación. Fue mi actividad empresarial. Tuve que parar y llegué a Lanzarote.

Y aquel parón me dejó frente a una pregunta que ya no podía esquivar: ¿cómo sigo emprendiendo si ya no quiero hacerlo desde la energía con la que lo había hecho hasta entonces?

Durante años había sido un emprendedor energético. Empujar. Crecer. Resolver. Convencer. Abrir puertas. Cerrar acuerdos. Llegar más lejos.

Y funcionaba. Vaya si funcionaba.

Hasta que llegó el momento de parar. No porque hubiera dejado de tener valor lo que había construido, sino porque yo necesitaba parar para poder escuchar qué quería hacer después.

Y entonces apareció un tiempo de lodos. No fue un paréntesis especialmente glamuroso. Hubo que parar. Sentir. Mirar. Reconocer. Y dejar espacio.

Tres formas de emprender

01

El energético

Vive hipertensionado. No sabe parar. Quiere sostenerlo todo.

02

El apático

Vive sin energía. Sigue pensando, sigue dando vueltas, pero no tiene combustible. No sabe pedir ayuda.

03

El pacífico

No alguien sin energía. Alguien cuya energía ya no nace de demostrar, conquistar o escapar, sino de estar en paz.

Durante un tiempo pensé que tenía que llegar a un estado definitivo en el que ninguna de esas cosas volviera a pasar. Hoy lo veo de otra manera.

La humildad consiste en saber que pueden volver y estar en paz con ello.

Puedo volver a estar energético. Puedo volver a estar apático. Puedo volver a tener miedo, a querer demostrar, a desconectarme, a perderme.

Esas etapas no son enemigos que hay que eliminar. Son ritmos naturales de la vida. La diferencia es que hoy puedo reconocerlos, habitarlos, escuchar qué me están mostrando y, desde ahí, volver a escoger. No pensar que ya llegué. Saber que puedo volver a perderme. Y que ahora puedo darme cuenta antes.


III · Lo que heredé

Algunas historias familiares se repiten hasta que alguien puede verlas.

Mi padre fue infiel. Mi padre también quebró un negocio. Y, muchos años después, yo repetí ambas cosas. No en el mismo momento ni de la misma manera, pero sí lo suficiente como para comprender que algunas historias no desaparecen porque uno decida no hablar de ellas.

Podría contarlo desde la culpa o el reproche. Hoy prefiero mirarlo desde la ternura. Mi padre estaba haciendo lo que podía con las herramientas que tenía. Eso no convierte en correctas sus decisiones. Pero sí me permite mirarle como a un ser humano, con sus luces y sus sombras. Hoy puedo quererle sin necesitar justificarle.

Y también está mi madre. Durante mucho tiempo sentí que no había podido darme ese amor maduro que yo necesitaba. Hoy veo que ella tampoco pudo darme algo que probablemente no había aprendido a darse. Eso no borra lo que me faltó. Pero cambia mi manera de mirarla.

No exigirle al otro lo que todavía está aprendiendo a darse a sí mismo.

IV · Mis dos personajes

El arrogante y la indiferente.

El piloto automático es extraordinariamente eficiente. El mío, además, tenía una capacidad de repetición casi profesional. Y repetía dos personajes que durante mucho tiempo confundí conmigo.

El arrogante necesitaba demostrar que sabía, que podía, que tenía razón. Empresario, vendedor, futbolista, líder, héroe de película: allí estaba dispuesto. No tenía claro quién quería ser, pero tenía clarísimo que tenía que demostrar que valía.

La sombra indiferente desconectaba cuando algo dolía demasiado. “Bueno, tampoco es para tanto.” Muy eficaz si tu objetivo es no sentir. Mucho menos si tu objetivo es vivir.

En las relaciones, en el trabajo y en otras decisiones crucé límites y causé daño. No necesito adornarlo. Asumo la responsabilidad.

Pero hoy también puedo mirarlos y sonreír. No porque aquello estuviera bien, sino porque ahora puedo verlo.

Pobres. Los dos estaban haciendo horas extras para proteger a un niño que solo quería sentirse querido.


V · Ternura y valentía

Comprender de dónde vienen tus personajes no significa dejar que sigan dirigiendo tu vida. La ternura me permite mirar al niño, al padre y al hombre que fui sin condenarlos. La valentía me permite decidir qué quiero hacer diferente.

Uno de los momentos más importantes fue permitirme llorar sin intentar arreglarlo, explicarlo ni salir corriendo. Y debajo de tanta defensa apareció algo que llevaba mucho tiempo buscando fuera: ternura hacia mí mismo.

No era debilidad. Era fuerza sin armadura.

Amor maduro no es un amor sin límites, sino uno capaz de poner límites sin dejar de ver al otro. No es un amor sin conflicto, sino uno que atraviesa el conflicto sin convertir al otro en enemigo.

El niño que fui quería amor maduro y reconocimiento honesto. El hombre que soy hoy puede dárselos. Y cuando uno puede ofrecerse aquello que tanto tiempo buscó fuera, deja de relacionarse desde la carencia y empieza a hacerlo desde la abundancia.

VI · Lo que también pasó

Este ser humano no ha sido solo sombra y conflicto. Ha habido momentos extraordinarios. Lo extraordinario de comprender me llevó a crear espacios de aprendizaje para distintas etapas del desarrollo humano. Lo expansivo me llevó a comunicarlo con impacto.

50.000+
personas en cinco continentes
3 M€+
de facturación, con EBITDA
1 %
de la humanidad: la aspiración

Lo cuento no como medalla ni como prueba de que tenía razón. Durante mucho tiempo confundí el éxito con demostrar mi valor. Hoy esos números son la huella que dejó una comprensión cuando encontró una forma de convertirse en servicio.

Ya había aprendido a expandir desde la energía. Ahora necesitaba aprender a expandir desde la paz. No se trataba de hacer menos. Se trataba de hacerlo desde otro lugar.

El compromiso empieza por la libertad. Nadie tiene que entrar. Nadie tiene que quedarse. Nadie tiene que creerme.


VII · Soy vendedor

Y cada vez me gusta más reconocerlo.

Vender, en su forma más sencilla y humana, es intercambiar valor. Reconocer que tienes algo que puede ser valioso para otro, escucharle, comprender qué necesita y descubrir si podéis crear un intercambio que mejore la vida de ambos. Vender no como convencer. Vender como encuentro. Vender desde un estado de paz.

01

Vender

Reconocer el propio valor y ponerlo en el mundo.

02

Liderar

Reconocer el valor del otro, ayudarle a desarrollarlo y ofrecer un ejemplo que pueda seguir sin dejar de ser él.

03

Discernir

Saber qué suma a la misión, qué merece ser legado y qué, aunque haya funcionado, ya no tiene sentido.

Por eso estos espacios de aprendizaje tienen sentido para mí. No son lugares donde enseñar a la gente cómo debería vivir. Son espacios para experimentar. Para niños de infantil, jóvenes, adultos, personas mayores. Para quien está empezando y para quien lleva toda una vida.

Ser. Hacer. Tener. En ese orden.

VIII · Ahora toca jugar

Una puerta.
Entra si es la tuya.

Después de todo esto ya no toca explicar mucho más. Toca participar.

La puerta de
Ramón Romero

Tu viaje emprendedor

Vende de forma natural tus primeros 10.000 €

O continúa tu camino emprendedor desde otro lugar. No necesitas convertirte en otra persona. Necesitas descubrir qué tienes para dar y aprender a ponerlo en el mundo.

Escríbeme por WhatsApp →

Esta es la puerta. No tienes que entrar ahora. Solo tienes que elegir. Ese es el principio del compromiso: la libertad de elegir.

Y si alguna vez consigues facturar 10.000 € desde ahí, estupendo. Pero quizá el verdadero resultado sea otro:

que puedas vender sin traicionarte,
liderar sin dominar,
crecer sin dejar de ser tú,
pedir ayuda cuando no tengas energía,
parar cuando estés demasiado acelerado,
y volver a empezar.

Porque no hay ningún lugar al que llegar. Hay un ser humano que habitar. Y podemos aprender a hacerlo juntos.

Como dice Sabina, estoy encantado de haberme conocido. Aunque, siendo sincero, me ha llevado unos cuantos capítulos. Y alguna temporada bastante mala.

Pero aquí estoy. Más o menos entero. Bastante agradecido. Y, por fin, con menos necesidad de tener razón.

Ramón
Ramón Romero Boquete · Lanzarote
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